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MABEL GRACIA, PROFESORA DE ANTROPOLOGÍA SOCIAL EN LA UNIVERSIDAD ROVIRA I VIRGILI DE TARRAGONA 
“Tengo mis dudas sobre el hecho de que la obesidad sea considerada una pandemia” 
Fecha última actualización: 10/08/2008
VERÓNICA FUENTES / SINC  
Mabel Gracia lleva casi una década trabajando en la alimentación como problema social, sobre cómo algunas cuestiones relacionadas con la comida acaban convirtiéndose en conflictos sociales. Profesora de Antropología Social en la Universidad Rovira i Virgili (URV) de Tarragona y miembro del Observatorio de la Alimentación, la experta contestó a nuestras preguntas tras participar en la conferencia "Why are we fat? (¿Por qué estamos gordos?)" que tuvo lugar en Barcelona durante el Euroscience Open Forum (ESOF2008).

mujer pesandose en balanza
Una pregunta obligada. ¿Estamos todos gordos?

No, al contrario. No se puede generalizar, hay que ver qué población es realmente obesa para comprobar si se está produciendo ese aumento progresivo de peso en la sociedad, sobre todo en los niños. Muchas veces se utilizan las cifras para sobredimensionar el problema. Ya se oye que en España la mitad de la ciudadanía está gorda.

¿Es que comemos más ahora?

Realmente no. Existen estudios que indican que en España se consume ahora un promedio de 300 calorías menos que hace 50 años. El problema es que habría que comprobar en qué consiste este descenso, porque aunque sean menos calorías puede que sean de peor calidad que las que se consumían antes. Eso demuestra que la cuestión no es que estemos consumiendo más calorías (como a veces se presenta el problema de la obesidad), sino que ahora las necesidades energéticas son menores y la cantidad que consumimos puede ser excesiva.

Entonces, en España, ¿las cifras engañan?

Yo no planteo que engañen. Son los propios estudios epidemiológicos los que plantean que existen dificultades metodológicas para poder establecer comparaciones. Sobre todo, aquellas que plantean que la obesidad ha crecido ‘x’ número de veces en los últimos 50 años, cuando la obesidad empezó a considerarse una cuestión de salud pública. El problema es cómo se utilizan estas cifras por otros agentes sociales. Por ejemplo, hoy sabemos que el porcentaje de obesidad es uno y el de sobrepeso es otro, y que las enfermedades como la diabetes, patologías cardiovasculares o incluso el cáncer están asociados con la obesidad, pero no con el sobrepeso.

Si ahora estar gordo es malo, ¿cómo es que la obesidad sigue aumentando?

Es una paradoja, por eso yo tomo cierta distancia al respecto. Puede que previamente ya existiera el mismo problema y no lo viéramos, ya que la sedentarización es un problema que en España procede de los años ‘60, cuando el acceso a la comida era ya relativamente fácil. Entonces, estar gordo no se veía como un aspecto negativo o que pudiera relacionarse con problemas de salud.

¿Es la obesidad la pandemia del siglo XXI?

Tengo mis dudas sobre el hecho de que la obesidad sea considerada una pandemia. Yo entiendo que es un problema de salud que tiene repercusiones sociales, pero me parece que la forma en que se está concibiendo no le está haciendo ningún favor al conflicto. Desde el punto de vista biomédico, la obesidad se presenta en poblaciones muy específicas, con condiciones socioeconómicas determinadas. Por ejemplo, en países como México, la obesidad hasta hace poco no era un problema porque estaban centrados en trabajar la malnutrición.

Y la medicalización de la obesidad…

Es impresionante. Tanto la delgadez como la obesidad interesan, hay gente que está ahí para que nos concienciemos de que hay que estar delgados y que ser obeso es malo por los muchos intereses que se mueven. Se ha construido la delgadez y la gordura como una cuestión sobre la que hay que trabajar a través de medicamentos y de consultas a clínicas.

¿Cuáles pueden ser los efectos de este sobre-tratamiento de la obesidad?

Fomentas que la gente se ponga a dieta sistemáticamente dando por supuesto que las personas obesas están enfermas o lo estarán en un futuro. Leemos cada día la idea de que un niño obeso será con toda probabilidad una persona adulta obesa. Sin embargo, hay muchos estudios que no creen en esta asociación. Me remito a Javier Aranceta, un médico español de salud pública, que ha publicado recientemente que no se puede establecer esta relación, porque en la actualidad las personas adultas obesas no fueron necesariamente niños obesos. Dicha idea ayuda, por un lado, a la estigmatización de la obesidad, pero por otro lado provoca que, como no está bien ser obeso, la gente se ponga a hacer dieta, cuando a lo mejor la causalidad de su obesidad no es de tipo exógeno, sino de tipo metabólico, por lo que la dieta no servirá de nada.

¿Y los aspectos psicológicos?

Existe una repercusión psicológica en los niños que están fuera de los márgenes normales de peso. Se mantiene una obsesión (sobre todo en las chicas jóvenes) de que su cuerpo no es normal, no está delgado. Son mensajes que cuando se reproducen con tanta insistencia pueden, de alguna forma, ser la base de otros trastornos del comportamiento alimentario. Por suerte no todos los niños son obesos ni anoréxicos. Tiene que solucionarse esta tendencia a problematizar tanto el tema en términos de medicalización y de mercantilización de la alimentación y de los fármacos, pero eso no nos compete individualmente.

¿Existe una solución para el problema de la obesidad?

Las soluciones son complejas, pero primero hay que conocer cómo funciona la sociedad, la heterogeneidad de sus miembros, analizar cómo come y por qué come la gente para luego crear unas políticas de intervención y de prevención que sean lógicas. Lo que está demostrado es que las políticas que ha habido hasta la fecha no han funcionado. Los diagnósticos son insuficientes, hay que hacerlos más precisos si realmente se quiere hacer algo.

¿Cómo ve el futuro?

Soy optimista. Pienso que las iniciativas internacionales que se están tomando son cada vez más complejas al incorporar los aspectos sociales. Pero hay una gran cantidad de recursos que se están gastando en generar unas políticas de ámbito global como si todos los países funcionaran de la misma manera y con el mismo tipo de problemas. Está claro que esto no puede funcionar. Todavía falta articular lo social y lo individual, y lo global con lo local. Muchas veces hay que desmedicalizar lo que se ha medicalizado para comprenderlo un poco más desde fuera.

 


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